Impresiones montevideanas

Montevideo es, para esa descripción esencialista de los “otros” rioplatenses -o sea, para los que vivimos en Buenos Aires- una especie de caja de sorpresas. Intentaré ser casi impresionista: la ciudad vieja, la parte más turística de Montevideo, es como visitar un lugar que ha quedado en nuestro pasado. Agencias de viajes con aspecto de oficinas públicas; bares con mesas de fórmica y grandes mostradores de madera; edificios de principios de siglo, muchos de ellos casi derruidos; y una larga colección de autos con cerca de medio siglo en sus ruedas. A eso súmenle empresas estatales -si, en Uruguay los servicios no son privados por lo general- y los boletos de los colectivos, que son iguales a la etapa en la cual, en Buenos Aires, no existieran las máquinas automáticas con monedas. Se nota que el menemismo no ha pasado por estos lares.

Hasta ahora, me he dado los gustos habituales que me doy en Montevideo: tomar cerveza Patricia, comprar hamburguesas con algo de picante en los carritos que hay en la calle, y comer una medialuna rellena con jamón y queso en Iberia, uno de mis bares preferidos de la ciudad -esta vez tomé fotos del bar, las publicaré a la vuelta en ?lbum Nómade.

Y ahora los dejo, porque me voy a almorzar al mercado del puerto y a tomar medio y medio. ¿Se pensaban que me iba a perder lo mejor del sábado en esta ciudad? Si la niebla cede mañana -el día comenzó casi blanco, en la calle no se veía nada- mañana iré al cerro a hacer unas tomas panorámicas de la ciudad, antes de ir a la feria de Tristán Narvaja, en donde ya tengo una lista de libros para buscar y ganas de tomar fotos a los vendedores de hardware tercermundista: computadoras Commodore, teclados a los que le faltan teclas, consolas Coleco Vision.

Como verán, este es un fin de semana bien de turista. Aunque no pude evitarlo, y me traje el libro de Kevin Meethan para releer…

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