Los tiempos de crisis son momentos en los que aparecen nuevas oportunidades de negocios, gustan de decir algunos ejecutivos. Claro que la crisis también potencia la búsqueda de esa “idea” que nos permita salvarnos económicamente mientras los demás se hunden.

La decadencia de las actividades económicas tradicionales, ligadas al agro y la industra, ha obligado a mucha gente a mirar hacia el sector servicios para poder sobrevivir o hacer negocios. Y el turismo aparece como una de esas áreas interesantes, y que al parecer no dejará de crecer en los próximos años a tasas muy prometedoras. No importa si los datos avalan esta percepción; lo cierto en que en la mente de muchas personas, la reconversión hacia el turismo aparece como una apuesta económica razonable en un contexto de creciente pauperización social.

Así, áreas industriales reciclan sus edificios en shoppings y malls; las estancias se dedican al turismo rural; y surgen propuestas de lo más diversas, destinadas a aprovechar la infraestructura existente -turismo arquitectónico, histórico, hasta atómico, como contábamos algunas entradas atrás.

El problema es la idea de que todo capital cultural o social puede ser reconvertido al turismo sin mayores problemas. Como ya analizamos en entradas anteriores (esta, esta y esta), este intento de turistificar todo lo que nos rodea mucha veces no es más que una forma casi desesperada por hallar alguna ventana de oportunidades a la crisis. El punto seguramente más serio es cómo este sentido común de que “todo puede ser turístico mientras planifiquemos” se vuelca en demandas económicas al Estado, que presuntamente debe apoyar siempre este tipo de iniciativas, e invertir en infraestructura y desgravaciones impositivas para impulsar al sector turístico. Claro que después las ganancias irán a parar a manos privadas, como pasa siempre. De todas maneras, está claro que este “apoyo económico” se da más en los países desarrollados que en los países latinoamericanos.

Algunos ejemplos de como el Estado asume el impulso cierto gasto para impulsar el turismo se pueden ver aquí, aquí, y en un documento PDF de la Organización Mundial del Turismo, que recomienda subsidiar las prácticas comerciales ligadas al ecoturismo.

Por ejemplo, la sobreexplotación turística de Machu Picchu puede ser ruinosa para Perú en los próximos años, si las ruinas terminan por desmoronarse en parte. A pesar de que muchos se han beneficiado de este atractivo turístico de manera directa o indirecta, es obvio que será el Estado quien que tendrá que gastar millones en solucionar el problema. Lo cual no es algo banal, sobre todo en un país como Perú, que tiene necesidades sociales tan graves como cualquier nación de la región.

¿Será que todo tiene potencial turístico cuando el Estado subsidia su funcionamiento? Y no hablo sólo de subsidios directos, sino también de otras formas de transferencia de fondos, vía un tipo de cambio muy elevado -como sucede ahora en Argentina-, desgravaciones, incentivos fiscales y apoyo para acciones de marketing.

Un ejemplo de los malos usos de los dineros públicos en promover iniciativas turísticas se puede ver en esta entrada publicada en Libro de Notas. Les recomiendo seguir los enlaces que hay en ese texto.

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