Comentaba unas entradas atrás varios conceptos extraídos de Constructing the tourist bubble, el texto de Dennis Judd. El autor partía de la hipótesis de que el recorte de los fondos federales del gobierno estadounidense destinados a las comunidades y ciudades habían impulsado a éstas a volcarse a obtener recursos extras de diversas áreas. Una de ellas, claro, es el turismo.

Pero esta pelea se dio a partir de un gasto de dinero muy alto por parte de las ciudades, y a través de una estrategia generalmente poco creativa. ¿Cómo hacer que los turistas nos visiten? Todos parecían tener la misma respuesta: reciclemos y mejoremos un “barrio tradicional”, construyamos un estadio enorme y centro de convenciones, un gran centro de compras -el famoso mall, decoremos las plazas, desarrollemos un par de hoteles enormes y vistosos y organicemos un festival de alguna cosa.

El mercado de los centros de convenciones se tornó extremadamente competitivo, y las ciudades comenzaron a pelear duramente por los eventos. En el camino, Chicago se afianzó como la ciudad con mayor cantidad de visitantes por convenciones, mientras Orlando subía rápidamente y New York perdìa posiciones. Pero esta competencia dejaba un punto sin resolver: Estados Unidos sólo concentraba el 14% de las convenciones internacionales, mientras Europa se llevaba el 60%. De hecho los principales lugares de Norte América no podían competir con Londres o París, donde los centros de convenciones se construían con el apoyo financiero del Estado. ¿Con qué sentido las ciudades estadounidenses gastaban tanto dinero, si su mercado potencial no eran tan enorme? ¿Sólo para atender la demanda interna?

Otro punto interesante es el tema de las franquicias deportivas. Los equipos de basquet, beisbol y hockey comenzaron a cambiar de ciudades, de acuerdo a quien comprara la franquicia y cuales eran los subsidios que la comunidad estaba dispuesta a pagar. Los eventos deportivos eran un imán para los turistas. Pero al igual que en el caso de la reconstrucción de ciertas zonas de la ciudad, el dinero público era usado con el fin de mejorar las ganancias de un sector de la sociedad, mientras el resto quedaba abandonado. Encima, los enormes estadios que se construyeron costaron entre U$S 200 millones a U$S 1000 millones, y por lo general son deficitarios. Es difícil conseguir tantos eventos como para hacer que semejante estructura sea rentable. Y el impacto económico sobre la comunidad es bastante acotado.

En el caso estadounidense, el autor toma una posición crítica en el tema de la descentralización de la planificación del turismo. Acosados por los recortes federales, las ciudades estadounidenses se embarcaron en propuestas costosas y poco imaginativas a la hora de atraer turistas, y terminaron apelando a lo conocido. El resultado es un enorme gasto en revitalizar las partes de la ciudad que servirán a los turistas, mientras otras quedaban abandonadas a su suerte. Como verán aquí es imposible separar la política de desarrollo turístico de la que se aplica en general al entorno urbano de la ciudad. Y muestra además como la inversión para atraer turistas ayuda a profundizar las brechas entre zonas ricas, atractivas para los visitantes, y zonas pobres, que ya nadie ve ni percibe.

Bibliografía citada

Judd, Dennis (1999) “Constructing the Tourist Bubble” en The Tourist City. New Haven and London, Yale University Press

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