La escenificación del patriotismo post 11 de septiembre

En las últimas semanas, he estado leyendo, a los saltos y de a ratitos, Viaje al futuro del Imperio. La transformación de Norteamérica en el siglo XXI, de Robert Kaplan. No se puede negar que el libro toma algunos temas poco trabajados sobre Estados Unidos. La obsesión del autor pasa por el impacto de la globalización sobre su país, y como eso se vincula con dos tendencias crecientes y muy visibles: la regionalización de la nación hasta el punto de formar tendencias separatistas, y la decadencia marcada del espacio urbano. Eso se cruza con varios ítems más: el deterioro de la ecología, la escasez del agua, la creciente distancia entre clases sociales, la reformulación de las tradiciones nacionales, el impacto del turismo en ciertas zonas del país.

A lo largo las cuatrocientas y pico de páginas, Kaplan repasa sus experiencias sobre Estados Unidos, producto de varios viajes hechos al interior del país. Y descubre que las distintas regiones de los Estados Unidos tienen agendas diferentes, que por lo general no se perciben en el exterior -más bien, desde afuera, tendemos a ver a Estados Unidos como un bloque homogéneo, cuando evidentemente no lo es. Así, Kaplan dedica un largo segmento a analizar y relevar voces sobre Cascadia, una región transnacional que une la costa del Pacífico Norte de Estados Unidos -el estado de Washington y la ciudad de Seattle- con el sur de Canadá -Vancouver. La región cada vez cuenta con transacciones comerciales que la vinculan más con Asia -principalmente Japón, China y Taiwán- que con el resto de sus respectivos países. A tal punto que la cantidad de inmigrantes asiáticos en esas zonas es muy superior a la media en Estados Unidos y Canadá. Con una población que tiene en promedio un ingreso superior al resto de América del Norte, Kaplan se pregunta si finalmente Cascadia no se convertirá en una región autónoma, en tanto ya tiene las capacidades suficientes para hacerlo.

Algo similar pasa con las descripciones del sur de Estados Unidos y sus crecientes vinculaciones con México. Sin embargo, en esta parte no dejan de causar un poco de desagrado las comparaciones persistentes que hace Kaplan entre los bárbaros del Imperio Romano y los mexicanos. Aún cuando ya muchos se han sentado a analizar las presuntas similitudes entre Roma y Estados Unidos, convengamos que el punto está lejos de ser obvio y evidente. Y el hecho de hacer un paralelo entre mexicanos y “bárbaros” lejos está de ser inocente políticamente; para ser suave, diré que es un planteo de un marcado -y a mi gusto molesto-etnocentrismo.

Kaplan provee además de constantes comparaciones de las ciudades estadounidenses, y sus degradados espacios urbanos, con otras del Tercer Mundo, por donde el autor ha viajado bastante -esas experiencias están relatadas en otro libro de Kaplan, Viaje a los confines de la Tierra. Es evidente que para el autor, como ya han sostenido otros, el Tercer mundo ya no está afuera, sino dentro de Estados Unidos. Desde ya, aquí lo que se retoma es un tema recurrente en la literatura sociológica de Estados Unidos: la decadencia de la comunidad, a la par que la clase media y alta huye de los centros urbanos para refugiarse en los suburbios. Y la vieja estructura de la ciudad queda a la deriva, aquejada de problemas graves de indigencia y violencia. El autor se pregunta si esta cultura del suburbio no tendrá serios problemas en el futuro, ya que depende de tres puntos claves: gasolina barata, inversiones federales cuantiosas en caminos, y disponibilidad de agua. Este último punto es remarcado varias veces por Kaplan; en el futuro, Estados Unidos podría pasar por una serie crisis por la escasez de agua potable.

En el fondo, Kaplan busca retomar las concepciones de la geografía moderna, y describir ante todo el hecho de que las distintas concepciones sociales y formas de pensar de las comunidades están claramente relacionadas con la geografía del lugar donde viven. Pero a la vez, da cuenta de como las crecientes condiciones de globalización están forzando al cambio a enormes regiones de Estados Unidos, a pensar de otra manera la relación entre lo local y lo internacional.

Frente a tanta diversidad de agendas, frente a tantos “Estados Unidos”, se hace difícil extraer alguna conclusión. Apenas si alcanzamos a atisbar algo que ya sabíamos: que el futuro será complicado e inestable, y tendremos que estar preparados para profundas reorganizaciones nacionales y regionales.

Por cierto, el libro de Kaplan está escrito antes de septiembre de 2001, lo cual hace que algunas cuestiones tal vez ya no tengan tanta actualidad. Aún así, difícilmente el grado de inserción global de Estados Unidos vaya a cambiar radicalmente en los próximos años, al menos desde el punto de vista económico. Esto, más allá de los intentos aislacionistas desde el punto de vista político y migratorio.

La foto que abre esta entrada la tomé en octubre de 2001, pocas semanas después de los atentados del 11 de septiembre, en el centro de Los Angeles.

Bibliografía citada

Kaplan, Robert (1999) Viaje al futuro del Imperio. La transformación de Norteamérica en el siglo XXI. Barcelona, Ediciones B.

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