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Recorrer un destino con un libro en mano es una experiencia particular, aunque no demasiado original. Ya hay muchas muestras de “turismo literario”, guiado por algún texto considerado importante por razones míticas o históricas. En mi caso, el paseo por Potosí fue con un libro más que conocido en la región: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. El capítulo sobre Potosí es clave; es probablemente el lugar en donde se dio, de manera más sanguinaria, lo peor de la explotación de América a manos de España. Miles de indígenas muertos, sistemas de extracción del estaño que obligaban a los nativos a trabajar en condiciones menos que infrahumanas, y en donde la esperanza de vida entre los mineros no era muy superior a las dos décadas.

Pasear por Potosí es buscar un pasado esplendoroso que hace mucho se ha ido, y que ha dejado una arquitectura hermosa pero completamente decadente y arruinada. La ciudad es la capital de uno de los departamentos más pobres de Bolivia. Los edificios lucen faltos de mantenimiento; el departamento de policía, por ejemplo, esta en un estado deplorable.

Pero para quienes saben buscar, la ciudad tiene un encanto especial. Hay iglesias cerradas con magníficas pinturas dentro, donde con paciencia -y una pequeña atención para quien guarda la llave- podremos ingresar. Las calles del centro están llenas de vendedores ambulantes, y la comida es muy barata. De hecho, la ciudad tiene los precios más bajos de toda Bolivia, tanto en hotelería como en restaurantes. Siempre y cuando, claro, uno sepa buscar bien y no se quede en los lugares para turistas.

Los paseos por las minas son un clásico del turismo potosino. La recorrida por los aterradores túneles, en donde aún los mineros trabajan sobre vetas ya prácticamente agotadas, es parte de los “paseos obligados”, y las agencias ofrecen tours allí. Muchos están conducidos por personas que no conocen demasiado de la historia de las minas, y que probablemente ofrecen una perspectiva histórica muy pobre. Pero la simple visión de las minas es muy interesante, aunque sea para echarle una miradas a los múltiples “tío jorge”, la representación del diablo, el señor de las minas. Que, por cierto, luce una larga barbita, como solían usar los conquistadores españoles siglos atrás.

La foto que ilustra esta entrada fue tomada en la estación de trenes de Potosí, en febrero de 1999, con una pésima cámara pocket con lente de plástico.

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