A diferencia de la economía tradicional, que durante mucho tiempo estuvo marcada centralmente por la acumulación de bienes y dinero por parte de las personas, la industria del turismo estuvo marcada siempre por la “compra de la experiencia”, como dice Jerome Rifkin en La era del acceso. Al viajar, siempre hemos aceptado que el precio que pagamos nos da derechos transitorios a la posesión de un espacio. Ya sea en el avión o bus, o la habitación del hotel, siempre sabemos que allí apenas estamos de paso.

Esta “compra de la experiencia” define al turismo en términos sociales. Ya unas semanas atrás planteaba la estrecha relación entre derechos laborales y surgimiento del turismo. Habría que complementar esa visión con otro punto importante: si hay turistas es porque existe un sistema social que califica al viaje como una “experiencia positiva”.

El turismo es, entonces, una forma socialmente razonable de gastar nuestro dinero, en tanto algunas condiciones básicas estén cumplidas. Pero también es visto como un paso en la “formación” de las personas; de allí que muchas veces los jóvenes sean alentados a viajar antes que, de acuerdo a lo esperado por el sentido común, tomen distintos tipos de compromisos que los lleven a adoptar formas de vida más sedentarias.

En cierta medida, el viaje es importante, al menos desde un punto de vista mas micro e individualista, porque modifica las percepciones que los sujetos tienen sobre el mundo -en particular, los viajes largos por otros países alejados del nuestro.

¿Cuando terminamos el viaje somos la misma persona que lo empezó? Me refiero, sobre todo, a esos viajes más extensos y sacrificados por lugares no tan turistificados. Entre la “compra de la experiencia”, esa perspectiva más macro, y los cambios internos en nuestra percepción del mundo, esa mirada más micro e individualista, se abre un enorme campo de interrogantes. Como saltar de uno al otro es todo un desafío teórico, que me temo no está aún demasiado resuelto.

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