¿Porqué el programa de televisión de Lonely Planet eligió al cuy (cuis para los argentinos; creo que conejillo para los ecuatorianos) como la comida más asquerosa del mundo? ¿Porqué a alguna gente le provoca repulsión cuando les contamos que hemos comido rostro asado en Oruro, hormigas en Colombia, gusanos o masato en Perú? Como tantas cosas, lo que comemos no es producto de una elección puramente individual. Más bien, escogemos entre una selección amplia pero limitada de productos “socialmente aceptables” para comer.

El problema del cuy es su aspecto de roedor. Pero su carne es muy blanca y blanda, y francamente muy rica. Pero la comida no sólo impresiona al paladar. Entra por los ojos, y se asocia a nuestras formas de ver el mundo -las nuestras y las del grupo / los grupos a los que pertenecemos.

Viajar es, como sabemos, una forma extremadamente interesante de ponernos en contacto con nuevos sabores y olores. Pero estos dos sentidos son políticamente poco correctos: si un olor nos desagrada, no podremos convencer a nuestra sentido olfativo de que lo acepte. A lo sumo, llegará el momento en que ya no lo percibiremos más.

La comida es, además, otro de los puntos sobre los cuales se asienta la gastada dicotomía entre viajero y turista. El primero de ellos se arriesga a probar cosas nuevas, no importa si parecen horribles a la vista. El segundo, en cambio, se la pasa visitando McDonald’s y rechaza comer cualquier cosa nativa por miedo a enfermarse o simplemente no le gusta. Esta división es, en el fondo, poco interesante. Más bien lo que importa es estudiar cuales son las prácticas que los turistas / viajeros llevan adelante cuando viajan, y cuales son las construcciones de sentido que arman alrededor de las comidas que deciden probar. Porque en el fondo, hasta los McDonald’s son diferentes, de acuerdo al país que uno decida ir.

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