Incluso antes que Marc Augé pusiera de moda la indefendible noción de “no lugares”, los aeropuertos han recibido todo tipo de comentarios condenatorios. Construidos como lugares sin identidad, las personas allí sólo estarían de paso, condenadas a horas de espera sin nada que hacer, en espacios que carecen por completo de atractivos. Encima los precios suelen ser caros.

Por ello, no deja de sonar interesante que alguien se dedique a hacer un “Elogio de los aeropuertos”. Y aunque los motivos que allí se exponen son tal vez demasiado personales -tal vez se podría haber hecho una mirada un poco más macro y social- no deja de ser interesante contrastar el punto de vista del autor -al parecer, el periodista Andrés Neuman, del diario La Idea Digital de Granada- con el nuestro.

En cierta medida, a mí los aeropuertos me gustan. No puedo separarlos del viaje mismo. Creo que son tan parte de él como las cosas que puedo hacer en la ciudad a la cual me esté dirigiendo. Condenar al aeropuerto a un lugar aparte en la experiencia del viaje no me parece muy razonable. Tampoco me creo mucho eso de que todos los aeropuertos son iguales en todos lados; apenas una llega y pone el pie fuera de la zona de control de pasaportes, hay que comenzar a aguzar el ingenio para ver como se saldrá de él. Más en nuestra América Latina, donde uno tiene que cuidarse de ciertos taxistas que quieren cobrarte tarifas exageradamente altas -y que aprovechan que no sabemos mucho de los costos locales-. Lo más molesto de los aeropuertos es que por lo general se encuentran lejos de las ciudades, y llegar hasta ellos suele ser caro. Del resto, no me quejo mucho.

El artículo de Neuman se puede ver en esta página (originalmente visto en Libro de notas).

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