¿Es el viaje una experiencia de ruptura con el entorno cotidiano? Para el actor social, esto parece indudable. Irse de viaje, de vacaciones -a veces esas frases son usadas como sinónimos en la vida cotidiana- es una forma de alejarse de la rutina laboral. Así, para el agente su experiencia de traslado hacia otro lugar puede ser vista como contrapuesta a su vida diaria.

Como ya he dicho alguna vez en otros posteos, en tanto analistas sociales, jamás damos por verdadero aquello que dice el agente. Más bien, tomamos esas palabras, las contextualizamos, y las pensamos en relación con otras prácticas. Ahora bien, ¿es posible pensar al turismo como una oposición al mundo del trabajo? La respuesta es, desde ya, que no; lo que tenemos es una relación particular, que tiene profundas raíces sociales e históricas. Justamente, fue la consolidación de un modelo laboral basado en las relaciones formales entre empleador y empleado las que permitieron fundar esa institución social que son “las vacaciones”. En ese sentido común, los trabajadores tenían derecho a tomarse vacaciones en una época determinada del año, en la cual pudieran compartir un viaje de descanso con su familia.

Más allá de que en realidad no hay oposición, desde este punto de vista, entre mundo de trabajo y vacaciones, hay otro punto interesante. ¿De qué manera la actual precarización de los puestos de trabajo y el debilitamiento de las relaciones formales entre empleadores y empleados puede modificar al segmento del turismo y las vacaciones? Ya estamos viendo algunas consecuencias: viajes más cortos, en épocas del año antes infrecuentes, son algo bastante común para una cierta porción de la población. A la larga, esto terminará en un debilitamiento de otra práctica usual en el mundo turístico: la existencia de una temporada “alta” y otra “baja”.

Esto ya está pasando, pero una manera muy lenta. La decadencia de la “temporada alta” es un proceso de tiempos largos, que puede ser articulado con los cambios en el mercado de trabajo y las dinámicas familiares. El modelo de “vacaciones pagas” en una época fija del año se hizo con una imagen en la cabeza: existían familias con lazos extensos en el tiempo, que se movilizaban en las vacaciones gracias a que uno o más miembros del grupo contaban con empleos fijos. Hoy, con índices de divorcio en alza, nuevas formas de reconstitución de los entornos familiares, y empleos cada vez más informales, las cosas son más complejas.

A diferencia de los analistas que hablan de manera muy sensacionalista del “fin del turismo” o del “adiós a la familia”, creo que estos procesos de reinvención de los espacio de ocio y pertenencia llevarán muchos años. Por un largo tiempo, seguiremos hablando de “temporada alta”. Al fin y al cabo, la mayor parte de la gente que se separa sigue, con todo, formando familias, lo que habla de la persistencia de un modelo. Y a pesar de la precarización del empleo, todavía los trabajadores suelen acceder al derecho a un descanso anual -bajo qué condiciones, eso es algo cada vez más difícil de generalizar.

Y si alguien tiene alguna duda, que salga un rato a pasear por esta Buenos Aires que ha quedado casi desierta en enero, mientras los pasajes a cualquier lado -y no exagero cuando digo “cualquier lado”- se agotaban por completo. Al fin y al cabo estamos en vacaciones, ¿no?.

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