monumento a la independencia del Perú en el centro de Trujillo

A raíz de unas fotos de Trujillo que me mandó Juan Arellano, desempolvé mi álbum de mi viaje a Perú de 2000. Ya sabemos que la memoria es bastante especial; a la distancia, los recuerdos se transforman y uno tiende a construir versiones muy particulares de los sitios que ha visitado.

De Trujillo recuerdo varias cosas. La primera, que llegué a las cuatro de la mañana, mala hora para llegar a cualquier lado. Estaba dormido en el micro, y me desperté de golpe. Vi que estábamos detenidos, y me acerqué al chofer a preguntar donde estábamos. Me dijo que era Trujillo, donde debía bajarme -el bus seguía camino, creo que a Piura. Así, medio dormido, tomé la mochila, y apenas puse el pie fuera del micro, varias personas se abalanzaron sobre mí. Eran taxistas insistentes en busca de pasajeros, cosa que me di cuenta después que los sacara a mochilazos de mi camino. Me senté unos minutos, miré los mapas que tenía y descubrí que me encontraba a más de veinte cuadras del centro de la ciudad. En ese momento estaba viajando con una amiga, que estaba bastante asustada después de la escena de los taxistas. Esperamos unos minutos, y tomamos, por fin un taxi.

Al llegar a las cuatro y media al centro de la ciudad, bajamos cerca de la plaza, y nos encontramos con calles desiertas, y una esquina llena de prostitutas. Muertos de sueño, nos metimos en primer hotel, de nombre “Acapulco”. Nunca me olvidaré de él. Era de lo más infame que he visto en mi vida. El baño no tenía puerta, había cigarrillos flotando en el inodoro, y camas viejas y chirriantes. La puerta estaba llena de agujeros, por los que se colaba la luz del pasillo, y era casi imposible cerrarla bien. A las nueve de la mañana ya habíamos huido del Acapulco.

No me referiré mucho a los paseos por las huacas y Chan Chan; vimos lo que ven todos los turistas. No me dejó de impresionar la arquitectura del lugar, hecha enteramente de adobe, pero siento que no tengo nada original que decir. En todo caso, después publicaré las fotos. A Chan Chan fuimos con un guía. Había oído historias de que realmente era peligroso ir solos. La ciudad de adobe es enorme, y al parecer no es tan difícil encontrarse con ladrones. Sólo repito las cosas que escuché de otros turistas; así que muy posiblemente esto no sea verdad.

En Huanchaco pasamos largo rato mirando a los pescadores montados en sus “caballitos” de totora. Es una forma de pesca cuyas raíces se hunden en el tiempo, y de una originalidad llamativa.

Recuerdo a Trujillo como una ciudad que me impresionó por su religiosidad. Hay muchas iglesias en la zona del centro, y todas aparecían llenas. Era sábado por la tarde, y desde mucho tiempo atrás que no veía tanta gente en un templo católico. Y como era fines de enero, presencié los paseos de carrozas por la calle, ya que se estaba celebrando el evento más importante del año: La Marinera, un concurso en el cual parejas bailaban la danza tradicional de la zona. En este punto, seguramente alguien de Perú o de Trujillo tendría mucho más que decir que yo. Si recuerdo que había muchos gringos en la ciudad que habían viajado especialmente para ver el concurso de La Marinera.

Por ese entonces, en Trujillo todavía era muy fácil ver las consecuencias que unos años antes había provocado El Niño. Las carreteras al costado del mar estaban muy dañadas, e incluso Chan Chan y las huacas estaban cubiertas en buena parte para evitar un daño mayor si las lluvias volvían a repetirse.

¿Cuán verdadera es esta representación de Trujillo? Como he escrito largamente en este blog, no me interesa mucho ese interrogante. Lo que me atraen son las representaciones, sus raíces históricas y sociales, los imaginarios que se relacionan con esas formas de narrar el mundo. Me interesa saber cuán importantes son para las personas. Porque, aún cuando doy por sentado que no son ni verdaderas ni falsas, hay representaciones que son más importantes y extendidas que otras. Las preguntas, entonces, son más bien saber cuales son, y porque ocupan esa posición tan importante.

Les debo más fotos de Trujillo para la próxima. La que ilustra esta nota la tomé a fines de enero de 2000, y es el monumento a la independencia del Perú, ubicado en la plaza central de la ciudad.

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