Hay que admitirlo: tenemos muchos prejuicios en contra de las guías. Que representan inadecuadamente a los nativos, que están escritas para gringos, que tienen acuerdos comerciales son hoteles, son algunas de las quejas.

Yo usé, en mis viajes por Bolivia, Perú y Ecuador, la Lonely Planet. Realmente, debo reconocer que me fueron muy útiles. Las referencias históricas son muy incompletas, pero para ese tipo de cosas siempre es mejor darse vuelta por una biblioteca antes de viajar. Pero datos como hoteles, rutas, transportes, entre otros, me facilitaron mucho las cosas. El gran problema, en América Latina, es que todo cambia de un día para otro. Así, llegaba a un lugar a tomar el tren, y muy amablemente me decían: “hace tres años que no pasa más”, como me sucedió en Ibarra, Ecuador.

Lo que nunca usé fueron las recomendaciones de lugares donde comer. No tienen mayor sentido. Uno se va a caminar y siempre encontrará un lugar que le interese por ahí.

Digo todo esto porque seguramente en los próximos días haré unos cuantos comentarios sobre las guías de viaje sobre Argentina, algo de lo que estoy leyendo debido a que estoy dirigiendo una tesina de licenciatura sobre el tema. Como habrá muchos palos, prefiero aclarar que, bajo ciertas circunstancias, realmente pueden ser muy útiles. Pero cuando uno revisa y analiza algunas de sus estrategias de construcción de los otros -en particular, los nativos- no puede menos que hacer algunas referencias críticas.

En el fondo, cualquier texto que hable sobre “nosotros” -en este caso, una guía sobre argentinos que lea un argentino, pero que esté dirigida a un público que no sabe mucho de Argentina- siempre parecerá injusta y absolutamente desinformada. Como diría Renato Rosaldo, el etnografiado siempre sentirá que las etnografías escritas sobre su grupo son injustas.

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