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A veces, quienes vivimos de este lado del mundo nos quejamos de la forma en la cual se nos representa como “latinoamericanos” en los medios de comunicación. Una de esas formas esencialistas que es usada para intentar comprender esta región del planeta es el “macondismo”. Para ser breves, esta forma de representación entiende que las relaciones personales, las formas de gobernar y la distribución de la renta -por dar tres ejemplos cualquiera- están regidos por un “espíritu mágico” que crea un orden que a primera vista parece irracional, pero que está regido por una lógica interna que escapa a los europeos. El macondismo es una forma de decir que las desgracias de este continente no son producto de las relaciones políticas de dominación entre clases dominantes y subordinadas -o entre centro y periferia- sino que, simplemente, son producto de la “magia”. Obviamente, el término se deriva del brillante libro de Gabriel García Márquez.

Ahora bien; nos quejamos, en parte porque este tipo de construcciones se nos aparecen como justificadores de órdenes que no compartimos. ¿Pero que pasa con las representaciones de otras zonas del mundo? En mi tesis de licenciatura había mostrado como, durante la cobertura del atentado que destruyó en Buenos Aires una sede de la comunidad judía en 1996 -AMIA-, los diarios locales habían reproducido el mismo imaginario sobre lo árabe que podemos rastrear en las películas de Hollywood, por ejemplo. Y que decir de ?frica, una de las regiones menos cubiertas por los medios internacionales, pero que aún así cuenta con un omnipresente imaginario de generalización sobre lo africano. Por ejemplo, cito este párrafo de Riszard Kapuscinski, de su libro Ébano, que publicó Anagrama en 1998.

“El mundo espiritual del africano (soy consciente que al usar este termino simplifico mucho) es rico y complejo, y su vida interior esta impregnada por una profunda religiosidad. El africano cree en la existencia simultanea de tres mundos, diferentes pero ligados entre sí. El primero es el que lo rodea, es decir, la realidad visible y tangible que se compone de seres vivos, personas, animales y plan-tas, y de objetos muertos, como las piedras, el agua, el aire. El segundo es el mundo de los antepasados, de aquellos que han muerto antes que nosotros, pero que no parecen haber muerto del todo, no definitiva e irremediablemente. Al contrario, en un sentido metafísico, siguen vivos e, incluso, son capaces de participar en nuestra vida real, influir en ella y moldearla. Por eso el mantener buenas relaciones con los antepasados es una condicion para tener una vida feliz y, a veces, incluso para poder conservarla. Finalmente, el tercer mundo es el reino de los espíritus, extraordinariamente rico; espíritus que llevan una existencia independiente pero que al mismo tiempo viven dentro de cada ser, cada realidad, cada sustancia y objeto, en todas las cosas y en todas partes”.

A Kapuscinski no se le escapa que esta generalización puede ser muy injusta. Pero proviene de un periodista que ha viajado por la mayor parte de ?frica, y que la conocido muy bien. En términos periodísticos, su generalización es adecuada y parte de un irrefutable conocimiento de los hechos. Del “haber estado allí” que James Clifford daba como parte de la “autoridad etnográfica” del antropólogo.

¿Pero cuantas veces aceptamos representaciones de “?frica” que son claramente esencialistas y etnocéntricas? Hablar de una región del mundo y abarcarla con una única representación no resiste mucho análisis. Y menos en un continente como el africano, que cuenta con una diversidad étnica y social poco frecuente. Probablemente, el desconocimiento que tenemos sobre esa región del mundo ayuda. Difícilmente podemos acceder, desde América Latina, a relatos de primera mano sobre la región africana. Y los medios sólo hablan de la zona cuando hay hechos “relevantes” en términos de noticiabilidad. Leáse, violencia, hambre, golpes de estado. Desde ya, los medios no son los únicos responsables de este imaginario esencialista sobre ?frica; al fin y al cabo, está presente desde hace varios siglos, y ha servido para justificar la esclavitud y la dominación de la región por parte de Europa.

El libro de Kapuscinski es un ejercicio interesante de como un periodista busca, con observaciones de primera mano, construir alguna forma de análisis de lo que, a ojos europeos, aparece como incomprensible. De hecho, es un poco la sensación que nos asalta incluso cuando leemos autores como Chinua Achebe. En su libro “Things Fall Apart”, traducido al español como “Todo se desmorona” y editado por Ediciones del Bronce en 1998, vemos como la vida de cualquier persona está sometida a una constante incertidumbre. Una persona puede construir una trayectoria destacada y llegar a ser una persona importante en la aldea, pero un suceso fortuito echa todo a perder y lo obliga a huir. Desde nuestro punto de vista, suena incomprensible. Pero Achebe describe su historia, y parte de una idea de lector: un “no africano”, un europeo u occidental. Y al igual que Kapuscinski, busca desentrañar la lógica de las acciones de sus personajes, constantemente envueltos en decisiones trágicas que no pueden evitar.

Cuando pienso en como pensamos sobre lo que llamamos “?frica”, más me pregunto que será llamado “América Latina” en contextos no latinoamericanos. Seguramente, voy a volver sobre este punto en las próximas semanas. Hay mucho material interesante para analizar en las guías de viaje y los medios de comunicación.

La foto que abre este posteo está tomada por Mirella Ricciardi y puede ser vista en African Imagery, un excelente sitio de fotografías sobre ?frica.

Bibliografía citada en este posteo

  • Achebe, Chinua, Todo se desmorona. Barcelona, Ediciones del Bronce, 1998
  • Kapuscinski, Rizsard, Ébano. Barcelona, Anagrama, 1998.
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