Es interesante como se pueden formalizar las representaciones de la muerte en la ruta. Esas cruces allí son una muestra de cómo el movimiento puede ser asociado a la necesidad de fijar en la memoria, incluso de aquellos que jamás supieron de accidente, un suceso, una tragedia. La primera vez que las cruces en la ruta me impresionaron fue en el camino que va de San Miguel de Tucumán a Tafí del Valle -una de las rutas más bellas de la Argentina, junto a la que une Salta con Cafayate y Salta con Cachi. Estaba anocheciendo, y muchas de las cruces brillaban al ser iluminadas por las luces de la combi. En una curva, recuerdo haber visto más de doce cruces. Y como siempre tendemos a explicarnos todo -recuerden aquello de que no existe conjunto de datos tan disparatado del cual no podamos extraer una teoría o conclusión- la mente busca explicar esa presencia. Tal vez haya caído un micro. O se trate de una curva peligrosa. O tal vez pongan las cruces ahí porque en las curvas hay más lugar, ya que se trata de un camino de cornisa en varias partes.

Otro punto interesante es como nuestros imaginarios del viaje, el movimiento, eluden sin más las asociaciones con la muerte. Cada vez que cargamos la mochila, surge algo así como un pensamiento obvio: nada va a pasar, está todo bien.

Pero las cruces siguen ahí, para fijar en la memoria en el momento en que el movimiento se detuvo, y en donde el placer de viajar y conocer dejó de existir.

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